México Poder Autónomo

miércoles, 2 de mayo de 2007

III. el lento ocaso de la democracia liberal.

Sin embargo, la ficción de la democracia liberal se desmorona, aunque sea lentamente, del imaginario colectivo. Las contradicciones entre discurso y realidad se vuelven evidentes. La democracia liberal ha quedado atrapada entre dos fuerzas contradictorias que la comprimen. La primera de ellas es el pacto de elites para la transición democrática. Este pacto- del cual hemos hablado- permitió la reforma y redistribución del poder entre las elites pero no significó una reforma estructural del Estado, insuficiente incluso dentro de los parámetros del liberalismo político. Así, muchas de las estructuras del Estado –a pesar de las reformas neoliberales– no han sufrido modificaciones sustantivas. Los sistemas de justicia, de seguridad, policiales, de participación política, son en buena medida las estructuras del viejo régimen. La vieja institucionalidad persiste además en la consecutiva exclusión de las demandas sociales y de vehículos para ser adaptadas al sistema. El pacto de elite reordenó el poder y la disputa arriba, pero dejó prácticamente intactas las estructuras de funcionamiento del sistema. Esto es sumamente disfuncional. La percepción generalizada – como en muchas otros “advenimientos” de la democracia” – es que poco o nada ha cambiado, por lo que esta democracia se considera un tanto inútil. El consenso de los límites del centro liberal ha hecho que todos los partidos políticos sean percibidos como idénticos, o como pequeños matices de una matriz insuficiente y deficiente para el cambio social sólo diferenciadas mediáticamente como mercancías y productos electorales en el mercado de las ofertas partidarias. Todos los mecanismos institucionales han fracasado para canalizar las necesidades sociales. Los diálogos de los Gobiernos Federales con los tres movimientos-rebeliones sociales más importantes en la última década fueron traicionados. Los diálogos de San Andrés, y el diálogo en el Congreso del EZLN, los diálogos de la rectoría en el movimiento universitario 99-2000 y el diálogo entre la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca y la Secretaría de Gobernación fracasaron estrepitosamente. Incluso el efímero movimiento campesino “El Campo no aguanta más”, que logró un acuerdo con el gobierno foxista, fue sorteado por el régimen. En cada uno de ellos la fuerza de la rebelión-movimiento obligó al poder a la negociación, pero en cada uno, el diálogo fue roto, sorteado, o los acuerdos incumplidos para luego iniciar la solución represiva. Debido a ello, sendas capas de los movimientos de abajo ven con recelo y desconfianza cualquier pacto arriba. Hay aquí una primera grieta en el pensamiento dominante.

Es también el caso en el poder Judicial. La corte permitió la extradición a todas luces ilegal de los vascos presos en México; fueron los tribunales quienes avalaron las enormes inconsistencias del proceso electoral reciente; fue la corte quien desechó las controversias constitucionales contra la reforma indígena espuria que fue rechazada por los pueblos indios y el EZLN; fue la corte quien concedió la razón a favor de la propiedad privada y en contra de la propiedad social en el caso de la Cooperativa de refrescos Pascual Boing. Han sido los sistemas judiciales los que permiten que centenares de presos políticos continúen en la cárcel (como en Atenco o Oaxaca), claramente amafiados con el poder político y sus intereses. Han sido los tribunales los que permiten la impunidad de gobernadores aliados a la pederastía, al narcotráfico y a la represión con enormes violaciones a los derechos humanos. Son las cortes quienes han decidido poner todos los obstáculos para el castigo para los llamados “crímenes del pasado”, es decir, la tortura, las desapariciones y los asesinatos cometidos en el viejo régimen. El sistema jurídico en México – ineficaz, corrupto, decadente- se está cerrando como vía de defensa y por tanto los canales para orientar la ira, el descontento y la injusticia empiezan a desbordarse, encontrando cerradas las vías legales del derecho. La “democracia” mexicana y la “pluralidad” del Congreso permitieron en los últimos seis años la aprobación de la Ley de Biodiversidad que permite la invasión transgénica en nuestro país; la llamada Ley Monsanto incluyó la votación aprobatoria de la izquierda partidaria. El Congreso en su conjunto aprobó una simulación de ley de derechos y cultura indígenas, -básicamente una escenografía- que no reconoce de forma verdadera a lo plasmado en los Acuerdos de San Andrés, echando por la borda las demandas del movimiento indígena y los acuerdos con el EZLN (de igual forma, la izquierda partidaria votó a favor de esa ley espuria). Se aprobó también la llamada Ley Televisa que favorece la monopolización de los medios de comunicación, y castiga y restringe a radios comunitarias, y frecuencias alternativas. Una vez más la izquierda partidaria votó a favor de dicha ley en la cámara baja para luego pedir disculpas públicas y votar en contra en la cámara alta. La ley fue aprobada de todas formas. Se aprobaron además las reformas al sistema de pensiones con las modificaciones al Seguro Social, sumándose a la línea neoliberal sobre el tema de jubilaciones y pensiones de un sector importante de trabajadores; se aprobó la Ley de Seguridad Nacional, funcional a los intereses estadounidenses en su control territorial de América del Norte. Las principales batallas legislativas se han perdido y mientras ong´s, partidos e intelectuales hablan de cabildeo e incidencia en las reformas a través de la participación ciudadana, a la Cámara de representantes llegan los cabilderos de las empresas para asegurar la reproducción económica del sistema, generando algunos escándalos por los sobornos contra las leyes impositivas al tabaco y al alcohol. Esto no ha pasado desapercibido por una parte de los movimientos y aunque en menor medida, por una parte de la opinión pública que desaprueba la forma de desempeño de esta representación. El congreso tiene las más bajas calificaciones en la opinión pública. Una a una, se han perdido la mayoría de las batallas legislativas. La clase política está asfixiando sus propios vehículos para la canalización de las demandas sociales. Los gobiernos estatales, involucrados en escándalos de corrupción, narcotráfico, desvío de recursos y corrupción siguen funcionando en la descomposición de las estructuras de gobierno, en un proceso de corrupción de arriba hacia abajo. La descomposición y crisis al interior de todos los partidos políticos y sus facciones en disputa es clara, pública y muy profunda. La disputa de arriba, contradice el discurso dominante hasta el ridículo.

Pero la otra fuerza indiscutible que comprime a esta democracia es la realidad cotidiana devastadora: la migración, el narcotráfico, la delincuencia y la inseguridad sí han hecho mella en la percepción sobre el sistema político en vastos sectores sociales, especialmente por el papel de los medios de comunicación. La sensación de desamparo, descontrol y desbordamiento es creciente. Por otro lado, la precariedad, el desempleo, la superexplotación y la devastación ambiental que es sufrida por ciertas capas sociales hacer ver como una caricatura a la democracia liberal. El reciente resultado del proceso electoral puso en cuestión –al menos en una franja social- a las instituciones de la democracia representativa y electoral, últimas instancias que recibían la confianza de la población en general.

El desencantamiento y desilusión por la democracia mexicana es progresiva, aunque los lazos de la dominación sean aún fuertes y no hayan colapsado.

Postulamos que la disputa de arriba se ha intensificado, conviviendo distintas matrices de dominación en batalla por una nueva hegemonía que no permitirá grandes reformas al sistema político –incluso dentro de los parámetros permisibles de la democracia liberal- además de que el pacto de elites que había permitido recibir oxígeno al sistema en los últimos 10 años, se ha erosionado y empieza a debilitarse. Las facciones en disputa sobrepasarán y rebasarán sus propias reglas cada vez más en la búsqueda de consolidarse en el poder. Cabe preguntarse si esta disputa habrá de pulverizar a las clases políticas dominantes en innumerables islotes o seguirá la articulación polarizada en polos que hasta ahora hemos visto. En cualquier caso, la democracia liberal y sus márgenes son el campo esencial de batalla de los de arriba y ésta es sumamente funcional al modelo económico. No habrá consolidación ni reformas sustantivas de la democracia mientras las facciones en disputa no entren en acuerdo. De ser esto así, los frágiles límites de la democracia existente serán desbordados o tendrán que ser controlados por la vía de la fuerza. Estas “imperfecciones” del sistema suelen ser explicadas por los defensores de la democracia liberal como fallas originadas por la juventud de la democracia mexicana. Suele explicarse también como una transición democrática inacabada. Incluso, una cierta explicación racista sale a flote con el argumento de que es la cultura mexicana, el pasado prehispánico o la inercia del viejo régimen lo que nos impide “consolidar “nuestra naciente democracia.

El discurso dominante pide la calma, para lograr en ese lento proceso gradual, la consolidación democrática con nuevas reformas al poder político. Se buscan las explicaciones de los desajustes en la democracia en una mala o desviada aplicación de la modernización democrática. El discurso e ideología liberal sigue hablando de los modelos de democracia basada en la representación como el UNICO camino a seguir. Y la izquierda partidaria y sus seguidores hablan de los enormes avances políticos en México y de buscar nuevas pasos en esa construcción hipotética del perfeccionamiento democrático. No se sabe a qué democracia se refieren ni a qué modelo persiguen. ¿a la democracia argentina? Aquella que permitió el saqueo menemista, el colapso de la economía, el fraude descomunal o el asesinato de dos piqueteros en plena calle en la periferia de Buenos Aires. ¿a la democracia chilena? Aquella que mantiene por fuera de la representación en el congreso al partido comunista chileno con las viejas reglas de la dictadura o persigue como terroristas al digno pueblo indígena mapuche con centenares de presos políticos, o aprueba el ALCA, eso si, desde una presidencia de “izquierda”. ¿la colombiana? Aquella que permite el terrorismo de estado, la paramilitarización como política de gobierno y la represión como forma de vida cotidiana, así como miles de muertos de los movimientos sociales asociados a la izquierda. ¿la brasileña? Aquella que permite que se gobierne desde la izquierda para contener la reforma agraria a pesar del enorme movimiento que la exige y se mantienen las políticas del FMI y del Banco Mundial, eso sí, desde una presidencia de “izquierda”. ¿la ecuatoriana? Aquella democracia que puede ser traicionada a pesar de las rebeliones y del enorme movimiento indígena como cuando Lucio Gutiérrez viró al neoliberalismo traicionando a quien había jurado representar?. ¿las democracias centroamericanas? Aquellas que han permitido el incumplimiento de los acuerdos de paz y el mantenimiento de la violencia cotidiana. ¿de qué democracias nos habla el discurso dominante en México? Por supuesto la respuesta para todo ello de columnistas, articulistas, académicos e intelectuales o miembros destacados de “la sociedad civil” mexicanos es la supuesta matriz cultural populista en el continente, que no permite avanzar hacia las racionales, moderadas, graduales y consolidadas democracias occidentales. O la corrupción “inherente” a la cultura latinoamericana o el autoritarismo, fruto de una “cultura vertical latina”.

Pero el discurso e ideología dominantes ocultan lo necesario sobre aquellas democracias avanzadas. Oculta el terrorismo de estado y las violaciones a los derechos humanos en el conflicto vasco de la “democracia española”. Olvida la muerte de un joven de 20 años llamado Carlo Giulianni en mitad de las calles de Génova en Italia; olvida que en 1994 se procesó a dos tercios del parlamento italiano por corrupción pero la institución siguió incólume ; oculta los violentos desalojos de los centros sociales, la fuerte represión policiaca y las aprensiones a anarquistas; relega las mentiras para acudir a la guerra, todo ello permitido por la democracia “a la italiana”. No importan los dos jóvenes franceses muertos al huir de las policías en la periferia parisina, las declaraciones clasistas y racistas del gobierno francés que provocaron la ira y la revuelta de miles de jóvenes y el torcimiento de la ley para imponer la represión, la mano dura y el mensaje de orden a toda costa contra esa rebelión que ellos mismos desataron; la democracia francesa avanzada que permite propuestas como la ley de primer empleo, una vuelta a las condiciones de trabajo del siglo XIX para los jóvenes trabajadores. El correlato sobre las democracias consolidadas invisibiliza la represión al movimiento minero en los años 80 en Gran Bretaña, una suerte de paradigma del reordenamiento de la relación capital-trabajo en el mundo con enormes dosis represivas, o la manipulación de la ley para buscar culpables y terroristas en el conflicto irlandés, o la manipulación de la ley para dejar libre a Pinochet por razones humanitarias o las mentiras para ir a la guerra contra Irak. Siempre quedará Estados Unidos y su perfecta democracia occidental, ejemplo de la modernidad capitalista como mejor demostración de lo posible en las democracias representativas. La democracia que permitió el fraude de Enron, o el estado de sitio en plenas calles de Seattle en las protestas contra la Organización Mundial de Comercio. La democracia que permite modificaciones constitucionales que legalizan el espionaje a sus propios ciudadanos o la tortura como método legítimo contra el “terrorismo”. La democracia consolidada del fraude de Florida y la representatividad del presidente de Estados Unidos que obtuvo menos votos que su más cercano contrincante. La democracia representativa que permite que la guerra continúe a pesar de que el 70% de sus representados no desea que continúe.

Toda la estructura y armazón de legitimidad en la democracia liberal en México está basada en la representación. Hasta ahora, dicha legitimidad había sido sostenida por el correlato del avance gradual en las representaciones políticas supuestamente plurales. El reciente proceso electoral demostró la fragilidad de dicha legitimidad. La falta de representación “legítima”, e incluso la sospecha sobre ella, hace desmoronar el enorme castillo de naipes que es la democracia liberal. El aparato de dominación, desnudo de sus vestimentas democráticas, fue visible –aunque fuera efímeramente- como lo que es: una compleja estructura de relaciones dominantes de poder y dinero y de numerosos mecanismos de subordinación, cooptación, control, alienación, propaganda, represión y violencia que aseguran la dominación de las elites y de sus facciones político-económicas.

La división teórica entre democracia representativa y participativa sólo favorece funcionalmente a la dominación. Su legitimidad se basa en dicha división. Como si el gobierno del pueblo pudiera cumplirse con la representación, como primer paso hacia una hipotética y futura democracia participativa. Si la democracia no es del(os) pueblo(s), entonces no es democracia y cualquier teoría o discurso emancipatorio tendría que cuestionar a la representatividad como el vehículo posible y supuestamente suficiente y pertinente para la construcción de la democracia. Pero además, cualquier política y práctica emancipatoria o liberadora (y por tanto ligada un horizonte de izquierda) debería al menos cuestionar al capitalismo como forma sistémica, al Estado como forma organizativa del poder y como monopolio de la decisión así como al Estado en su forma liberal como máximo posible para la organización democrática, basada SOLO en la representación, cuando esta no es sinónimo, ni de lejos, de la democracia. ¿Estamos diciendo que la lucha por la democracia en México fue y es una pérdida de tiempo, una desorientación estratégica de la izquierda? ¿Qué los cientos de muertos por representaciones efectivas murieron equivocados? ¿ que las mayores libertades de expresión que se viven en México son sólo un espejismo? Nada de eso. Lo que estamos postulando es que el discurso e ideología liberales mediatizaron, capitalizaron e instrumentalizaron la lucha por la democracia, y hoy esa democracia es funcionalmente simbiótica a la dominación, siendo hoy una parte indispensable de su esencia. Y cada vez más ese discurso es y será contradictorio con las enormes fuerzas centrífugas del capitalismo y sus efectos desintegradores así como de las fuerzas de las elites y facciones en disputa por una nueva hegemonía. Para desarticular la dominación en México es indispensable deshacerse y desaprender las prenociones, mitos y dogmas de su ideología y de su discurso y por tanto, no poner nuestra energía y nuestro esfuerzo en una estrategia absurda de perfeccionamiento gradualista de la democracia existente. Desprenderse de los caminos que impone la dominación para el cambio será una fractura en la estructura de la dominación en México.

Ese correlato tiene su peor fractura no en otra teoría, ni en otro discurso, ni en otra ideología. Su peor fractura es la rebeldía de los movimientos antisistémicos en México que se niegan a sujetarse a los estrechos márgenes del liberalismo y de su democracia de pocos, con pocos y para pocos. La mayor fisura en el pensamiento dominante es una práctica o mejor dicho muchas prácticas de resistencia, dignidad y rebeldía que lentamente se tejen a lo largo y ancho de todo el país. Son las resistencias de abajo y a la izquierda, las que abren una fisura en el muro de consenso, dominación, estabilidad y cohersión en la escenografía del teatro democrático. Ensanchar esa(s) fisura(s) es nuestra tarea más urgente y es donde muchos hemos decidido encausar toda nuestra energía. Es abajo y a la izquierda – por fuera y en contra de los parámetros de la dominación- donde se encuentran las alternativas, donde existe la posibilidad emancipatoria y donde podemos aspirar y luchar por la construcción de una democracia verdadera en un horizonte por fuera y más allá del capitalismo y del sistema político que lo sostiene.

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